Al
entrar corrí hacia los establos para coger mi preciado caballo
llamado Snow. Era un caballo blanco, blanquísimo al que yo tenía
desde muy pequeña, prácticamente creció conmigo y cuando me mudé
desde Manchester a Londres lloré y pataleé como una niña pequeña
hasta que me lo trajeron. Este era mi caballo y nunca lo cambiaría.
Decidí
que no lo iba a ensillar, no me hacía falta, me encantaba montar lo
salvaje a lo que agradecí que este club estuviese a las afueras de
la cuidad. Salí con mi caballo hasta el principio del bosque y me
sequé las pocas lágrimas que me quedaban en el rostro. Me quité el
velo y lo envolví alrededor del cuello del caballo sin apretar mucho
para poder sujetarme.
-
Vamos Snow, vamos a divertirnos un rato -susurré en su oído-
Empezó
a galopar fuertemente y cada vez más rápido, me encantaba ver como
los árboles pasaban frente a mis ojos y desaparecían a mis
espaldas, mi cabello bailaba al compás del viento como si fuese una
atractiva danza para seducir.
Cerré
los ojos fuertemente y disfruté de la fragancia de mi caballo. El
aire acariciaba mi cara mientras parecía que me mecía con los
suaves galopes. Me daba la sensación de que volaba y lo adoraba,
adoraba aquello, me hacía sentir libre.
Pronto
llegué a un lago, me paré y me bajé del caballo de un salto. Mis
pies tocaron el suelo. Me acerqué al agua, ese lugar era mi
preferido. Cuando mis pies tocaron la orilla me senté en una gran
roca donde bajé mi mirada para contemplar el agua.
Podía
ver mi reflejo a lo que empecé a hacer caras tontas y reí. Miré al
cielo y contemplé como algunos rayos de sol bajaban para iluminar el
bosque y el lago con el espacio que había entre árbol y árbol. Los
pájaros cantaban una dulce melodía. Cerré mis ojos para
concentrarme en su cantar y respiré profundo, estaba feliz.
Abrí
los ojos despacio para poder disfrutar de nuevo aquel paisaje pero
los pájaros dejaron de cantar, la luz desapareció llenándose de
negras nubes, el agua se tiñó de rojo, mi corazón se empezó a
acelerar y mi cabeza a doler, toqué el agua pero ya no lo era, era
sangre.
Mi
cabeza daba vueltas e intenté levantarme pero caí de rodillas.
Pronto empecé a oír gritos desgarradores, tapé mis oídos y sentí
como si en mi espalda diesen latigazos. Chillé de dolor cerrando los
ojos. Me incorporé de nuevo para ir hacia mi caballo e irme de allí.
La tierra empezó a temblar a lo que caí en mitad del camino. Veía
como el suelo se teñía de sangre, de mi sangre. Sentí otro
latigazo pero esta vez más fuerte, di un grito de dolor y todo se
volvió negro.
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